Esto es lo que escribio maxito sobre el casorio....
Había como una especie de oposición, de un cielo diurno gris, gastándose en relámpagos y gotas frías que cortaban el aire templado de la tarde. La lluvia tuvo que irse antes de la noche y aunque las nubes no la acompañaron, una gran estrella reflejaba su brillo incandescente. Resplandecía dentro de aquella capilla, la segunda a la que fueron, porque la primera estaba desierta.
—Disculpá flaco —preguntó Mike a un perfecto desconocido—. ¿Me podrías decir la hora?
Eran las nueve menos cinco y, al entrar, notaron que los bancos de la iglesia estaban vacíos. Definitivamente un error de cálculo los había depositado en el lugar equivocado y debieron apurarse porque la entrada de la novia estaba anunciada para las nueve y estaban en Libertador al dieciséis mil seiscientos, y el lugar del evento se encontraba al diecisiete mil cien.
Queso a la sarlanga con ceasar salad de entrada, muslo relleno con salsa de champagne y espigón de sarlanga con arroz azafranado salrlanga sarlanga de plato principal, y sarlanga sarlanga con helado y merengue de postre. “Joder”, pensó Maxi. “Joder con el menú”. Las mesas estaban dispuestas con menos estrategia antiterrorismo que en el casamiento anterior, pero no importaba, porque el Doctor Ladoux no estaba dispuesto a ocasionar destrozos. “El champagne es Chandón y nunca se acaba, así que está todo más que bien. ¿A ver con quién me tocó en la mesa? Racha, Manteca…”
El Rafa había preparado su look para la ocasión con bastante gel en el cabello y unos lentes que le valieron el apodo de Doctor.
—Si no habilitan los canapés vamos a presentar un recurso de amparo —dijo, con la seriedad que merecía su semblante.
Algunos se integraban en los pequeños grupos de charla que se habían formado en la recepción con una imitación de vómito en porcelana, que comían aplicadamente con un tenedor de madera que parecía más un palito de helado que un utensilio. “Es pollo”, decían, aunque algunos descreían. Mientras tanto, luminarias como el Puma Goity o Miguel Conejito Alejandro se paseaban entre los invitados.
La novia entró a la iglesia con unos minutos de demora, y el cura parecía un tipo simpático que no tardó en caerle encima al Bausi, con el rigor de su gracia.
—Como muchos podrán ver, Juan Bautista sigue los pasos de su padre.
Muchos rieron, mientras que alguien comenzó a examinar el componente masculino del grupo de los familiares del novio y notó a la calvicie como denominador común. Más sorprendió ver la secuencia fotográfica proyectada en la pantalla de Carmela que antecedió a la entrada de los novios (ya marido y mujer) en la que las fotos infantiles de Bausi lo mostraban con una abundante cabellera rubia que el tiempo supo aplacar. La foto de Nacho con el Mirafiori chocado despertó gran cantidad de aplausos, casi tantos como las fotos de San Bernardo del noventa y ocho y de la despedida de solteros.
Alguien pensó que, tal vez, los hermanos Robles debían haber recambiado varias veces los zapatos, o que contaban con un diseño de cámara de aire. Incansables como nadie más en la fiesta, se sacudieron desde el primer baile hasta el último, momento en que corrieron la cortina y hubo que hacerle frente al sol de la mañana. Marionetas de la música, manipulados por los finos cordeles del musicalizador; energía para estar siempre presentes en el centro de la pista. Coreografías envidiables las del menor, que agitó con Rock, marcha, cumbia, murga y pop. No hubo que sacarlos a patadas, pero casi.
—No, no, no. Yo me voy, acá no se puede. Voy a saludarlos después por que acá (estos pendejos) se te ponen adelante —dijo una mujer, ofuscada por la insolencia de quienes pugnaban a los codazos por saludar a los recién casados.
No sería la última queja hacia esa juventud que se apropió de la fiesta con el griterío y el pogo infinito y que también se apropió de la barra. Sobre todo la barra. En la mesa trece, todos se preguntaban por el paradero de Mordi y alguno creía haberlo visto una hora atrás pidiendo un trago. A muchos les extrañó que todavía siguiera allí, dado que la atención era eficaz y las bebidas marchaban a velocidad de autopista. Mike fue por él, pero pareció haberse instalado allí un pequeño Triángulo de las Bermudas, ya que todos los que iban no volvían. Las chicas aprovecharon para bajarse varios tequilas y algunas acusaron el golpe. Y no faltó, claro, el tío borracho, directamente importado de algún cumpleaños de quince.
En abril del dos mil uno, Carlos el indio Solari había convocado a unos setenta mil a hacer el pogo más grande del mundo cuando Los Redondos culminaron aquella noche en River con Ji ji ji. En la madrugada del 4 de diciembre, menos de doscientas personas superaron aquella mítica epopeya. Los parlantes escupieron la intro de Don, hit de Miranda, y el baile ya no fue más baile sino que fue juntarse como frente a un vallado de recital, al borde del escenario, todos apretados, exigiendo la máxima rigidez a los cimientos del establecimiento. El salto sincronizado fue acompañado por el centenar de voces agitadas, excitadas, roncas o desaforadas que no lograban acompañar a los versos originales del tema, sino que era una improvisación sobre la melodía de la letra y que trataban de pescar alguna palabra, y apenas si coincidían en alguna sílaba. Sara pasapa desaca surupupu tereta taré… Y así.
—Che, necesito un voluntario —dijo Bausi—. ¿No querés disfrazarte?
—No, ni remotamente —replicó Maxi, algo acalambrado.
Cinco minutos después abandonó su mesa para ir al baño, pero al subir las escaleras, el movimiento tras las cortinas despertó su curiosidad y tuvo que asomarse. Una señorita de diminutos y entallados pantaloncillos dorados estaba de espaldas, estirando sus piernas de maratonista y tratando de tomarse los tobillos sin flexionar las rodillas. La panorámica era como para defibrilar el corazón, hasta que un señor se le interpuso.
—Vení, ponete esto y salí con la batucada.
Así fue como le pusieron un chaleco carnavalesco y le plantaron un banderín en la mano. Decidió no contradecir al señor, ya que ese rostro le recordaba al de Hugo Conzi y era mejor no terminar a los tiros. Salió a la pista a revolear brazos y piernas, y varios puntapiés y codazos acertaron (sin intención) en físicos ajenos. Ni hablar de que casi desgarró a la morocha murguera.
Imágenes proyectabas, pogo y más pogo, sombreros carnavalescos y collares fluo, revolear al novio y a la novia por el aire. Pogo. Mesa de dulces, barra libre. Pogo. Batucada, bailes, figuras láser, tío borracho danzando entre la multitud y apropiándose del cotillón ajeno. Pogo. La novia en zapatillas deportivas, el Oli en chomba. Pogo.
Todas esas frías gotas de lluvia que cayeron amenazantes al atardecer, se transformaron en calientes gotas de sudor por la noche. Noche de felicidad de unos que se convirtió en felicidad de todos. Y el cantito de “no nos vamos nada, que nos echen a patadas” que se escuchó al amanecer del puñado de bailarines que seguía agitando, junto con los mozos y mozas que se sumaron al final y hasta el disk jockey, que dejó el tema Tan solo consumiéndose, mientras el bajaba a la pista para sumarse a esa ronda que saltaba la cuerda sin caerse de boca. El pogómetro había dejado en segundo lugar a callejeros y en tercero a sombras. Finalmente cerraron con turf, esos que no se quieren casar, pero si hubieran estado ahí, lo harían, aunque sea para tener una fiesta como esa.
—Ya sé que puede sonar cursi —abrió el paraguas Bausi, cuando al final tomó el micrófono—, pero si bailamos hasta acalambrarnos fue porque esta fiesta se hizo con amor.
El sol de la mañana le ponía un final perfecto aquello que había empezado con la lluvia, pero al cielo no le quedó más alternativa que abrirse para terminar iluminando aquel final, que era más bien un principio.
Eso de volver con las luces de otro día se notaba en la calle, en aquellos que salían a correr (¿para verse bien en enero arrancando en octubre?) y de la gente que paseaba el perro. Las últimas cuadras, caminando hacía Sizon se hicieron lentas por el Mordi borracho y el desgarro de medio centímetro en los músculos de las pantorrillas.
“Lo casaron al Buasi”, pensaba Maxi después del desayuno con las facturas que habían comprado Mike y Panchuli. “Lo cazaron al Bausi.”
Otras cinco cuadras para volver a casa, arrastrando el saco por la vereda, mientras un perro olfateaba los talones.
—Che, no me podés negar que fue una buena noche —dijo, sentado al borde de la vereda para descansar los pies.
El perro no contestó. Pero seguro que habrá estado de acuerdo.
Quiero saber qué me pasa / Te pregunto qué me pasa / Y no sabés, qué contestarme / Porque claro, de seguro te mareé
Con mis idas y vueltas, te cansé con mi cámara lenta / Y aunque trato, nunca puedo, apurar mi decisión. /
En el preciso momento en que todo va cambiando para mí / En ese instante te aseguro que alguna señal te di
Pero no me escuchaste, tal vez sin intención de tu parte / Puede serte un poco débil el sonido de mi voz. /
Oh! Una mañana te veré llegar / Y descubriré que yo, solo ya no estoy mejor / Y te pediré que me acompañes
A donde en verdad no sé, dime que sí, miénteme / Podría ser que al final, rompiste el cristal en mí
Podría pasar, que me hagas hablar / Yo creo que tienes el don de curar este mal
Siento que debo encontrarte y sin embargo / Paso el tiempo yéndome / Hacia mi mismo, a mi centro, que jamás encontraré
Yo quisiera tenerte, y tratarte de modo decente / Pero ves que ya no puedo despegar de mi papel /
Deberé
tranquilizarme y jugar al juego que me proponés / Bajo la guardia, te recibo y me abrigo de tu piel
El destino me ha dado, corazones desequilibrados / Tu palabra, me nivela y detiene mi caer.
Es un solo: es la guitarra de Lolo.
P.D.: Ando rengo y sé que esto me va a durar una semana. Camino por las calles como chico con problemas y siempre soy de pasar a la gente como en la propaganda esa que dice “al pelado lo paso. Antes del buzón lo paso”. Hoy me pasó una vieja.
P.D.2: Felisa me muero.
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Les dejo una fotito.... el Dr. Ladoux: